¿Quieres conocer mi cuarto?

No esperaba tal invitación y menos cuando se disponía a abandonar aquel departamento del cuarto piso. “Ok” dijo entre asustado y enternecido. Estaba nervioso. El hogar estaba vacío. El padre pronto llegaría. Sus ansias crecían. Su corazón latía mientras atravesaba, en silencio, el pasillo con olor a perro que divide la vivienda.

Se paró en el umbral de la puerta ante un cartel que decía “Laberinto de Miradas”, afiche que ella se robó de una de las tantas exposiciones en las que participó como asistente del centro cultural donde laboraba. El cartel ocultaba algunos huecos taladrados por la dueña. Él se dio cuenta. No dijo nada. Se percató de la disonancia que hacía la televisión último modelo sobre la cómoda, vieja, llena de stickers y figuritas que descifraban un pasado, crecimiento y evolución. Admiró el pequeño sticker de una agencia de viajes de una ciudad que no visitó con ella o el gran logo de “MTV” que tenía el segundo cajón de la derecha junto a otro donde Delta te recordaba: “do not disturb”.
Vió los libros de Eielson. Añoró tenerlos. Los ojeó un rato. Sonrió. Admiró la pila de libros compradas en la última feria de libros. Esa que les traía malos recuerdos. La discusión que tuvieron al salir de la misma. Esa noche en el carro verde. Ella mirando la nada. Él buscando respuestas. Ahora las quería encontrar en ese cuarto que para ella era su hogar, porque no consideraba que tuviera uno propio.

Miró de reojo la cama. Ella esperaba alguna insinuación sexual. Pero los fantasmas todavía estaban. El corte de lo que fue un camarote permanecía todavía áspero, como su corazón, como la manera tosca con que lo trataba. Encontró la silicona líquida que ella guardaba para emergencias. Le recordó a mamá. Mamá era un alma ausente. El recuerdo siempre lo acongojaba y encontraba (o buscaba) señales en ella. En la manera en que miraba, en el calor de sus abrazos, en la rara sonrisa que tenía cuando estaban juntos, en la silicona líquida.

Se burló de las carteras en la bicicleta estacionaria. Pero sintió remordimiento al saber su origen, pues ella había sufrido de una dolencia en las rodillas que le impidió caminar y, lo que más amaba, bailar. Con el afán de ejercitar las articulaciones, se compró el aparato. Ahora ya no lo necesitaba. Pero él estaba cada vez más preocupado. Su cariño había crecido al punto de afligirse por males pasados. Sabía que la quería completa, la quería con historia. La quería.

“No había notado esto en la puerta” dijo mientras salía, señalando la plaquita de metal. “Una tía me lo regaló” mencionó la muchacha. Él abandonó la habitación. Ella se quedó admirándose en el espejo. Recordando los tantos que entraron y salieron, deseando sea el último. Apagó la luz, cerró la puerta. La plaquita aún colgada, gritaba “Lorena”.

Nota: Tarea de Taller de Periodismo Narrativo - Mi habitación.

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